Escritorxs · Libros de Guerra.

Svetlana Aleksiévich: Premio Nobel 2K15, bielorrusa, temida por Putin.

¡Hola a todxs!

Este lunes 27 de febrero de 2017, les traigo una entrada sobre una de mis periodistas y escritoras favoritas: Svetlana Aleksiévich.

La primera vez que escuché de Svetlana me encontraba en la CDMX en un viaje de estudios de mi carrera. Estaba en Coyoacan sufriendo de una intoxicación de comida, cuando vi una una librería con descuento. Entré y entre todos libros que son bestsellers juveniles, me encontré uno escondido. “La guerra no tiene rostro de mujer” de Svetlana. Inmediatamente me di la necesidad de comprarlo, y no solo porque el libro trataba sobre guerra. Si no, porque eran memorias de mujeres que participaron en la segunda guerra mundial. Al principio creí que se trataría de una recolección de información en forma de novela, pero al final me dí cuenta de que eran relatos (fascinantes) sobre lo que vivieron las mujeres rusas, antes, durante y después de la guerra.

Me encantó tanto que seguí investigando sobre Svetlana y me di cuenta de que tenía más libros de la editorial Debate, entre ellos:

  • La guerra no tiene rostro de mujer. Editorial Debate, 2015.
  • Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial  Editorial Debate, 2016.
  •  Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la Guerra de Afganistán Editorial Debate, 2016
  • Fascinados por la muerte. (No traducido al español)
  • Voces de Chernóbil. Debate, 2015.
  •  El fin del Homo sovieticus. Acantilado, 2015. Traducción al español de Jorge Ferrer.

Para que me entiendan un poco más sobre quién es ella, les dejo más sobre ella:

Svetlana es una periodista bielorrusa que ha recolectado a lo largo de su carrera las diferentes memorias de los ciudadanos de la antigua Unión Soviética, que han vivido guerras, desastres nucleares, la caída de la Unión Soviética, dictaduras y revoluciones.

Todo empezó cuando el escritor Alés Adamóvich le aconsejó que escribiera un género completamente nuevo, llamada escritura polifónica a la cual se le denominó novela- épica o coro épico. Para Svetlana fue todo un proceso, ya que tuvo que viajar y visitar casi toda Rusia o lo que era la Unión Soviética. Svetlana desarrolló la técnica de collage, donde pone testimonios individuales y consigue acercarse más a los acontecimientos, desde el punto de vista de los espectadores de la historia.

Para su primer libro “La guerra no tiene rostro de mujer” tuvo que recolectar las entrevistas, y abordó las experiencias de las rusas participantes en la Segunda Guerra Mundial. No solo el libro tuvo un éxito en toda Rusia (que fue increíble para la época en la que se publicó) si no que hubo una adaptación teatral en Moscú en 1985, y fue uno de los grandes antecedentes en la glásnot (periodo de la política de transparencia iniciada por Gorbachov) y que fue un impulso para la caída de la Unión Soviética. Tanto Mijail Gorbachov, Alés Adamóvich y Visail Bykau son los más importantes influencias que la misma Svetlana ha reconocido en todas sus obras.

Tenemos que recalcar que muchos relatos son muy fuertes y ha sido una de las más fuertes críticas por lo mismo.

Sus obras son una crónica personal de la historia, de los hombres y mujeres soviéticos, son entrevistas, son las narraciones que cuentan los momentos más fuertes y dramáticos de su propio país, es una crítica al totalitarismo que se vivió, es una añoranza a la vieja Rusia, una crítica a la revolución bolchevique, una repulsión hacia las guerras.

Svetlana ha tenido que enfrentarse al régimen totalitario y autoritario y a la censura de su propio presidente bierorruso, a tal grado que tuvo que abandonar Bielorrusia en el año 2000, y vivir en diferentes países de la Unión Europea. Pero no todo es malo, en 2015 se le acreditó y ganó el premio Nobel, siendo la primera escritora de no ficción en un siglo, en ganarlo.

Entrevista con Alberto Rojas en Madrid.

Alberto Rojas tuvo la oportunidad de tener una entrevista con Svetlana. Y se las dejo a continuación. Es larga pero vale la pena leerlo para que entendamos a Svetlana y los libros que nos ha dejado.

Los ojos claros de Svetlana Alexievich han visto a bomberos ucranianos escupir parte de sus pulmones carcomidos por la radiación de Chernóbyl, a jóvenes rusos matar a sus propios padres por el odio acumulado en Afganistán, a mujeres piloto que derribaban cazabombarderos de Hitler sobre los cielos de Moscú que regresaron a casa sin gloria. Pero también ha mirado a la cara a los viejos jerarcas comunistas que rinden un desmedido culto al dinero en la Rusia actual.

Sus libros (El fin del Homo Sovieticus en Acantiilado, Los muchachos del zinc y La guerra no tiene rostro de mujer o Voces de Chernóbyl, en Debate, además de la obra publicada en catalán por Raig Verd), son un viaje a los sótanos de la Unión Soviética, donde se encontró unos cimientos llenos de secretos y cadáveres. La Premio Nobel de Literatura de 2015, entregado por primera vez a una escritora de no ficción, pasea por un hotel aristocrático de Madrid a ritmo pausado, subida a unas zapatillas de adolescente y vestida a la moda del pacto de Varsovia.

AR: ¿No cree que hay en el mundo demasiadas guerras y muy pocas como usted que se atreva a contarlas? ¿No se plantea volver a trabajar sobre otro conflicto?

SA: Por mi parte se acabaron las guerras. No puedo. Nunca más. Estoy agotada. Mis mecanismos de protección, mis blindajes, están perforados.

AR: ¿Qué peaje personal ha pagado en su carrera como escritora?

SA: Yo crecí escribiendo estos libros y me cambiaron por completo. Pero es un conocimiento trágico. Cualquier persona preferiría no saber esas cosas, pero tampoco podemos escapar de nuestra realidad. No me gusta que se sacralice tanto el oficio de escritor ni me gusta que se me pregunte por lo que he soportado. [En este punto Alexievich hace un gesto con el brazo, como si se espantara un insecto]. Un oncólogo de un hospital infantil lo tiene mucho más duro que yo. Por supuesto que ha sido desolador haber vivido cosas terribles en Afganistán, donde los militares siempre intentaban probar mi capacidad de aguante. Me preguntaban: «¿Quieres ver lo que las minas antipersonas han hecho a alguno de los nuestros?». Y tenía que acudir a ver cuerpos desmembrados, aunque me desmayara o me pusiera a llorar. Tenía que verlo. Creo que ahora mismo no tengo esta fortaleza que tenía antes. Ya no me atrevería.

AR: Los mejores testimonios de sus libros los ofrecen las madres, ya sean de víctimas de Afganistán o de Chernóbyl. ¿Qué les debe su obra?

SA: Nos hemos acostumbrado a ver la guerra como un asunto de hombres. Pero el conflicto no se limita al espacio donde tiene lugar el enfrentamiento armado. A ambos lados hay madres e hijos que sufren aún más que los que luchan. Cuando la guerra termina las mujeres siguen sufriendo, porque tienen que cuidar a los heridos, incluso a los enfermos mentales. Esta idea es importante para mí: hay un culto al dios Marte. Condecoramos a la gente que va a la guerra. Y sin embargo creo que cualquier guerra es un asesinato. Es una barbaridad. Tenemos que matar ideas, no personas.

AR: Usted se ha enfrentado a grandes poderes en la Unión Soviética y ahora tiene que hacerlo contra líderes como Vladimir Putin o Lukashenko, el presidente de Bielorrusia, donde vive ahora. ¿No le resulta frustrante que nada cambie?

SA: Tenemos que hacer nuestro trabajo. Las convicciones hay que defenderlas de por vida. Para un escritor ruso enfrentarse al poder es una situación normal. Desde el siglo XVI es así. Lo que sí es más complejo es enfrentarte a tu propio pueblo, que apoya el autoritarismo de Putin y Lukashenko. Esto es lo complicado. Lo duro es ver que estás inmersa en una guerra contra tu pueblo, donde no se oyen las palabras de los demócratas, pero sí la propaganda de los dictadores. Es duro ver cómo Putin ha conseguido atizar esa histeria militarista. Hay gente que se alegra que haya un conflicto contra personas a las que considerábamos hermanos hace poco, como los ucranianos. Hasta hay gente que celebra cuando se anuncia por televisión el número de muertos del día anterior.

AR: ¿No cree que la Rusia actual de Vladimir Putin merecería uno de sus libros?

SA: En cierto modo ya escribí de esta Rusia está en mi libro El fin del homo sovieticus. Ahí pude prever lo que iba a suceder en el país. Hablo de la gente enfurecida, robada y rencorosa. Nosotros esperábamos que este rencor se dirigiría contra el poder, pero sin embargo el poder ha sabido reconducir habilmente esa frustración contra un enemigo externo: Europa y Estados Unidos. Ahora vemos lo que veíamos antes: esta filosofía de la fortaleza asediada. «A pesar de ello construiremos nuestra gran Rusia», dicen. Asusta este estado de ánimo de la gente que ha decidido aguantar contra viento y marea. Cuando voy a Rusia les pregunto a mis amigos porqué cada vez hay menos productos en las tiendas. Su respuesta es siempre: «Es que nos quieren castigar». ¿Pero quiénes os quieren castigar? ¿los europeos? ¿los americanos? Es duro escuchar estas cosas. Vemos que hay una corriente de jóvenes nacionalistas entre los que encontramos escritores y filósofos que opinan que Putin es demasiado débil. Que no se puede entregar así el territorio de Ucrania. Creen que hace falta un líder más fuerte.

AR: ¿Como Stalin?

SA: Sí, como Stalin. Ahora están abriendo muchos museos para reivindicar su figura. Hay una ola de revisionismo. Mientras abren museos para loar a Stalin cierran otros dedicados a sus víctimas. Echan a todos los trabajadores de un día para otro y el centro se transforma en una celebración de los carceleros del Gulag. Esto es lo que está sucediendo en Rusia. A mí y a otras personas que somos contrarios a esa deriva, Putin nos llama «traidores de la patria». Hay un resurgir de la espiomanía de la Guerra Fría. Hay muchos agentes encubiertos deteniendo a jóvenes simplemente por hablar. Son tiempos turbulentos y peligrosos. Hay leyes en contra de los homosexuales, de personas de diferente religión, de disidentes políticos…

AR: ¿No tiene miedo físico a enfrentarse a Putin?

SA: No quiero ni pensar en ello. Espero que el premio Nobel me proteja de él, aunque de esto no estoy nada segura.

AR: ¿Existe también un revisionismo sobre la historia de la Unión Soviética?

SA: Hay muchos jóvenes nostálgicos de la URSS. Eso es porque hoy ven a sus padres como unos derrotados por el sistema. En Rusia el 7% de la población acumula la riqueza del país. A estos jóvenes quizá sus padres les hayan contado que antes la gente vivía mejor. Aquella igualdad comunista les hace añorar tiempos pasados. Además, en los años 90 éramos unos románticos inocentes. Pensábamos que al salir del Gulag íbamos a encontrar la felicidad. Corríamos por las plazas llamando a la libertad sin saber lo que era. Inmediatamente el dinero adquirió una enorme importancia. Fue como una bomba nuclear para nuestra sociedad. Era la época en la que se publicaron los libros de Solzhenitsyn, pero la gente pasaba de largo y se iba a comprar ropa nueva, alimentos que no habían probado, billetes para viajar a países que no conocían… Lo material se impuso.

AR: También en España hay muchos jóvenes fascinados por la utopía de la URSS. ¿qué les diría usted, que la vivió?

SA: Para eso he escrito mis cinco libros, para explicar cómo terminó la versión rusa del comunismo, con un enorme derramamiento de sangre. Con que lean un libro ya será suficiente.

AR: ¿La URSS dejó algún legado positivo?

SA: Hay personas que, incluso habiendo pisando la cárcel durante los años de la URSS reconocen que había cierto idealismo, cierta hermandad entre las personas. No encuentran esa división entre ricos y pobres.

AR: ¿Cómo consigue que ese coro de voces de sus libros funcione como una sola voz?

SA: Todos los entrevistados hablan del tiempo que les tocó vivir. Cuando pienso en escribir un libro ya sé que será un proceso de años. durante este espacio grabo a cientos de personas. Son miles de horas de entrevista con gente que hablan de la misma cosa, la guerra, la represión, Chernobyl… Es cierto que intento lograr ese efecto de individualizar las voces, pero es difícil porque el idioma emocional de cada uno no es siempre el mismo. No es igual la experiencia de una mujer piloto que la der una guerrillera. Han vivido dos guerras muy distintas.

AR: ¿Por qué ha pasado del dolor, que es el protagonista de sus cinco libros, al amor, que es el hilo conductor del que está escribiendo ahora?

SA: Porque necesito creer que el amor es la única manera de salvarnos.

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Sin más lxs dejo y espero que se animen a leerla. Svetlana es una heroína tanto del S.XX como S.XXI.

Saludos y bonito inicio de semana,

Ivette

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